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viernes, 27 de noviembre de 2009

EL INTERNADO COMO OTRA FORMA DE VIDA




Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Kiev

Tampoco en Ucrania es necesaria una familia desestructurada o la pérdida de alguno de sus miembros parentales para que los niños crezcan en un internado. Se trata de una figura a medio camino entre las escuelas de base y los orfanatos, y como tales, presentan particularidades y semejanzas con las otras modalidades.

Entre los perfiles del alumnado se podrían diferenciar, a grandes rasgos, tres grupos de niños. Los que están internos de forma indefinida y pasan las semanas y los meses dentro de ese edificio que se ha convertido en su hogar; los que cuentan con una familia no biológica que les ha “apadrinado” y con los que pasan los fines de semana y las vacaciones; y los que simplemente acuden a diario a las clases e interactúan con el resto de internos.

Este tipo de centros presentan como principal distinción el hecho de que los fogones de las cocinas jamás descansan y que una simple pared sirve para diferenciar el ambiente íntimo del dormitorio comunitario del bullicio y la disciplina de las clases. Afincados en entornos rurales primordialmente y nutriéndose de niños de corta edad, los internados se convierten en la única forma viable de salir adelante, o por lo menos, de encaminar a estos menores a un futuro. Mientras el Estado se limita pagar la manutención de los pequeños y los ínfimos salarios del profesorado, los responsables de estos centros se ven obligados a acudir a dos vías alternativas para aliviar su pésimo estado. Por un lado, la labor inconmensurable de los padres, que colaboran directamente (realizando las reformas en los centros) o indirectamente (mediante inyecciones económicas). La otra salida es la de la petición y recepción de Ayuda Humanitaria, para la que todos los pedidos son escasos.

El Internado Veselka Gavrilivka tiene capacidad para albergar hasta 350 niños. Actualmente conviven en sus instalaciones unos 200 y su directora se ve en la obligación de rechazar nuevas peticiones de plaza porque no tiene infraestructuras ni reales ni suficientemente acondicionadas donde darles cabida. En la visita realizada por esta expedición, todos los miembros de la misma acudieron debidamente abrigados con ropa de invierno, y el vaho que emanaba de sus bocas era la mejor certificación de que es inviable que los menores puedan habitar el edificio. La escasa calefacción existente ha sido reconducida para que únicamente tenga que calentar la mitad de la edificación pero una vez más, la sensación de calidez se escurre entre las rendijas de las viejas ventanas mal selladas. De las aulas, poco que contar: que no hay ni mesas ni sillas, que los niños tienen que recibir sus clases sentados en el suelo o de pie y que los somieres de algunas camas son finas planchas de conglomerado que apenas resisten el peso de los más pequeños.

Existen, afortunadamente, otros casos, como el del Internado Especial de sordomudos número 6 de Kiev. Fue el primero de sus características. Abrió sus puertas a principios del pasado siglo y es uno de los referentes de todo el país. Aún así, todo lo concerniente a subvenciones estatales, está igualmente olvidado, aunque sea habitual que los máximos mandatarios (y mandatarias especialmente) acudan a hacerse fotos al centro.
Como mejor triunfo, contaremos que en este internado se han formado algunos campeones paralímpicos, tanto en deportes de grupo como en especialidades individuales y que incluso actualmente el combinado nacional ucraniano cuenta en sus filas con algunos de los que recibieron formación dentro de esas paredes. Por si la vertiente deportiva no fuese suficiente, nos cuentan que en nuestra visita faltan algunos niños porque están en el concurso de canto de la ciudad. Podía ser un dato sin demasiados alicientes, aunque un certamen de música interpretada por niños sordos, dicen que efectivamente, es un espectáculo digno de ser visto. Por cierto, que han ganado la primera fase y el objetivo será pasar las rondas eliminatorias para competir a nivel nacional, donde ya se han cosechado victorias en el pasado.



La visita ha sido gratificante y sobre todo nos ha instruido. Hemos abierto un poco más nuestras mentes y hemos compartido sensaciones sin necesidad, casi, de traductor. Nos despedimos de ellos, de los auténticos protagonistas, llevando nuestro puño cerrado a la frente y después apoyándolo sobre nuestra barbilla en señal de profundo agradecimiento. El lenguaje de signos, a nivel básico, es mucho más sencillo que el ucraniano hablado…

lunes, 23 de noviembre de 2009

El sistema hospitalario, en la UVI



Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Kiev

Los centros hospitalarios en Ucrania no son como los que están en nuestra imaginación colectiva. De hecho son pocas las coincidencias que los unen. La expedición de Agareso se ha adentrado en varios de estos centros y la conclusión general es que el estado es crítico, de urgencia, casi de coma profundo, y que sobre todo le resta mucho tiempo de estar en la UVI.

Hablando con los máximos responsables de cada planta y de cada hospital, todos lanzan el mismo mensaje: Hace falta de todo, y a la vista de los testimonios, puede ser que se queden cortos.

La primera imagen que nos marcó, la vimos pocos minutos después de llegar a Kagarlic. Nos habían dicho que íbamos al Hospital Central. La nomenclatura, lejos de inspirar confianza, evidencia los problemas de la zona y sobre todo el terrorífico estado en el que se encuentran otros centros de menor rango y recursos. Nada más saludar a los responsables y acceder al interior del edificio, una anciana debidamente uniformada con bata blanca y mascarilla, echa a una paciente que intentaba entrar a la planta. A nosotros nos deja pasar y en cuestión de segundos nos vemos dentro de un pequeño habitáculo donde todo el mundo nos observa. Hay una vieja y oxidada bañera, que adquiere enorme relevancia cuando nos enteramos de que es todo el sistema de desinfección con el que cuenta el complejo para admitir a los pacientes que ingresan por urgencias. Una señora de avanzada edad está postrada en una camilla, en posición de incómodo escorzo, pero ya ni se queja. Seguimos adelante. Nos vamos a una planta donde el listado de humedades, material defectuoso y precariedad en general nos abruma. Basta con calibrar el grosor de los colchones, que a simple vista son ínfimos, para percatarse de que solo hay espuma en algunos de ellos. Los más, plagados de moho y manchas de antiguas humedades. El resto de las camas únicamente poseen una manta doblada sobre el frío metal del somier, y nos cuentan que hay casos mucho peores.

Nuestra escala de valores en este momento ya había dado un vuelco, pero seguimos avanzando. Ninguna habitación tiene baño interior. De hecho, ninguna habitación tiene agua corriente. La decoración en las paredes parece es menester o de otros tiempos o de otras sociedades y el frío reinante (a mediodía, cuando se supone que el termómetro es más benigno) asusta.

Sobre las mesitas adyacentes a las camas vemos enseres personales de los pacientes. Eso parece que nunca cambia. Sin embargo, hay una diferencia importante. Los medicamentos, pastillas y gasas, no las suministra el centro, las tiene que aportar el propio enfermo, si es que puede. El Estado se hace cargo del sueldo del personal del hospital y de las operaciones. El “pre” y el “post” operatorio, ya es otra cosa.


Si hay que poner una cifra para hacerse una idea de lo que cuesta este obligatorio internamiento, diremos que una simple apendicitis se cotiza a 1.000 grivnas (unos 100 euros), aunque el cirujano que lo extirpe cobre poco más de la mitad. Por si el shock del dato fuese poco, aquí hay que pagar por adelantado… ya se sabe que pájaro en mano es mejor que paciente insolvente curado.

Avanzamos por el pasillo, subimos y acabamos en la planta de infantil. La puerta de acceso es mucho más que una barrera separadora. Comienza un mundo diametralmente diferente a lo visto hasta el momento. Nos entra complejo de Peter Pan porque aquí, lo de dejar de ser niño y cambiar de planta tiene que ser muy duro. Todos los recursos se dejan para esta parte. Las donaciones de material y las subvenciones económicas, cuando las hay, se concentran en este apartado. El cuidado a los niños es máximo y eso reconforta, aunque evidencia que es como poner una simple tirita en un miembro amputado. El problema es estructural, hay que cambiarlo por completo.

Cambiamos de centro y el mismo cantar. De nuevo certificamos que las paredes decoradas con dibujos y las salas de juego simbolizan un oasis en mitad del desierto. Preguntamos las principales razones de ingreso de menores y nos responden diciendo que sería vital contar con inhaladores porque el asma y las infecciones respiratorias masacran a los más pequeños.

Y llegamos a ginecología. Con el estómago empequeñecido por las realidades sociales que estamos presenciando, nos cuentan que la camilla que vemos ha sido testigo directo de miles de alumbramientos. Encima no hay luz. Hay lámpara pero no hay tubo y teniendo en cuenta que anochece en esta época sobre las cuatro de la tarde, no nos resistimos a preguntar cómo se las ingenian para asistir en el parto en plena penumbra. No es el primero ni el último caso en el que hay que armarse de lámparas y linternas para dar a luz… qué ironía!.

El tema de la desinfección y la reutilización de material “aséptico” ya es otro capítulo. Unas viejas tarteras al lado de una pileta suponen todas las garantías de que los bisturís y el resto del material empleado en quirófano está libre de virus y gérmenes. Lo cierto es que la resignación del cuerpo médico asusta casi más que verse en la tesitura de someterse a una intervención en estas condiciones.


En términos generales, lo de “hospital central” no tiene realmente nada que ver con alguna serie de ficción española que pudiera dar lugar a equívocos. En lo que sí coinciden absolutamente todas las partes encuestadas –a la que nos unimos- es que en Ucrania, actualmente, los médicos son genios vestidos de bata blanca que se empeñan en hacer milagros diarios en unas condiciones que muchos de los considerados como mejores especialistas en Medicina del planeta echarían a correr. Vaya desde aquí nuestro más sincero reconocimiento y un llamamiento para que las cosas no se perpetúen durante mucho tiempo más, para que de una vez por todas, el sistema sanitario del país salga de una UVI, que por cierto, parece que nadie vigila.