Relato del paisaje social de la Ucrania más profunda donde el deficiente estado de la necesidades básicas de la población civil son otra remora de la historia contempornea y de una práctica política alejada de las realidades centrales en el país. Roi Palmás aporta algunos sonidos de Ucrania profunda para AG Radio.
sábado, 21 de noviembre de 2009
viernes, 20 de noviembre de 2009
Sentido de agradecimiento a la labor humanitaria de la expedición

Roi Palmás/Kiev
En la recta final de la parada técnica en la Educación a que ha obligado el miedo a la gripe A, la escuela de enseñanza básica de Mirivka, situada en la provincia de Kagarlic, acogió el acto institucional de entrega de obsequios con los que tanto la dirección del colegio como el resto de la comunidad quisieron agradecer la labor humanitaria que se está llevando a cabo desde Galicia.
Svetlana Mukovoz, la subdirectora y jefa de estudios del centro, hizo entrega de diferentes regalos a los representantes de Agareso, de la Asociación de Solidaridad San Roque y también enviaron un especial recuerdo y unos presentes a la Diputación de Pontevedra, como agradecimiento a la recepción de la ayuda enviada a través de esta expedición.
En el acto, en el que se ofrendaron las confecciones típicas del país (RUSHNIK) bordadas por los alumnos de este colegio, estuvieron presentes las máximas autoridades locales y se celebró una comida por todo lo alto para refrendar el agradecimiento mutuo de las dos partes inmersas en este proyecto común.
Además se han empezado a asentar las bases de futuras colaboraciones entre el colectivo de Leirado y esta comunidad rural, centradas en gestionar nuevas aportaciones de material humanitario pero también poniendo sobre la mesa un más que factible intercambio cultural entre Ucrania y Galicia en el futuro, aprovechando el alto potencial que tienen los alumnos de esta región en el campo del baile tradicional, que entronca directamente con otras manifestaciones artísticas similares en la provincia de Pontevedra.
Ganna, el vademecum de Mirivka

Fotografías: Óscar Dacosta
Roi Palmás/Kiev
Si hay alguien que no puede sucumbir ante la enfermedad, esa es Ganna. La señora Misnik es probablemente una de las piezas claves para el entramado social de Mirivka, una de las partes importantes de la provincia de Kagarlic. Se trata de la última y por lo tanto, la única doctora de la zona.
El modesto ambulatorio que lidera es el de centro de referencia para 2.200 personas de cinco aldeas diferentes. Aparcar en la puerta de este “complejo” hospitalario es entender que las quejas más repetidas en el entorno sanitario de otras latitudes se quedan simplemente huecas de significado a este lado de Europa. La sensación térmica en el exterior es realmente adversa. Ganna sale del edificio con un acentuado sombrero porque incluso dentro se deja notar el frío.
Nos cuenta que hubo un tiempo en el que su centro de salud tenía el doble de superficie y que la construcción que sigue en pie al otro lado del camino actuaba como complemento asistencial. Sin embargo, el hecho de que cada vez nazcan menos niños (mientras hace 10 años se contabilizaban una treintena de alumbramientos, ahora esa tasa no supera los cinco) y que las dificultades económicas se hayan ido acentuando marcadamente, han provocado que las luces y la actividad se vaya apagando poquito a poco.
Lo que quizás más nos llama la atención es la furgoneta que hace las funciones de ambulancia. La unidad móvil asistencial con la que cuenta este centro es un modelo de hace cuatro décadas. Donde en otros lugares existe un completo quirófano medicalizado portátil, aquí, en Mirivka, hay dos asientos, un banco de madera y una camilla de tela que recuerda más a la Segunda Guerra Mundial y a los hospitales de campaña que al vehículo de urgencias. Además, sobre el ondulado y abollado suelo de metal donde deben ir los enfermos y las parturientas, se arremolinan aperos de labranza y rastrillos oxidados, lo que sin duda no invita precisamente a ponerse enfermo. Con una sonrisa de resignación nos dicen que en caso de un traslado de urgencia, este puesto base cubre zonas alejadas de hasta 45 kilómetros de distancia del hospital central. La siguiente pregunta es ¿a qué velocidad puede conducir esta ambulancia? y la respuesta es, precisamente, “a unos 45 ó 50 kilómetros a la hora”. Esto quiere decir que, en el mejor de los casos, un paciente de urgencia tardaría sesenta minutos en llegar a destino, tiempo más que suficiente como para perecer en el intento o para dar a luz por el camino. Si a ello sumamos el estado de las carreteras, zurzidas de baches y charcos embarrados, el resultado es todavía más desalentador.
Pero el territorio y el milagro diario de Ganna no acaba ahí. Su ambulatorio no tiene agua corriente. De hecho hay que salir al exterior para subirla a mano de un pozo cercano. Es la vara ideal para poder medir el estado general del contexto. La doctora, la que mejor conoce a sus vecinos por dentro y por fuera, trabaja en medio edificio. La otra mitad ha sido cerrada con una falsa pared para que la calefacción existente se concentre en la mitad de metros cuadrados, ya que las facturas eran inasumibles. De todos modos pedimos visitar la otra parte, la desangelada, y efectivamente la atmósfera es tan gélida como imaginábamos.
El resto del mobiliario lo conforman plásticos en las ventanas para combatir el invierno, butacas similares a las de un viejo cine desmantelado para las esperas y un invento casero a base de chatarra para calentar los grandes radiadores de las estancias: Un cable metálico enchufado a la corriente sumergido en un caldero con agua. Así se trabaja o mejor dicho, así se tiene que trabajar.
Pero a pesar de todo, la dignidad que le imprime Ganna es más que suficiente como para estar
orgullosa. Cuenta con su laboratorio, con su zona de fiosioterapia, su dispensario farmacéutico y su zona infantil. Además puede albergar a pacientes, aunque solo de día. Es por eso que la doctora Misnik es la especialista, la psicóloga, la curandera y la druida de toda la comunidad. Es el alma máter y también el Vademécum que nunca se puede poner enferma.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Jornada de puertas cerradas

Fotografías: Óscar Dacosta
Roi Palmás/Kiev
Lo de menos estos días es el nombre de la escuela. Lo que cuenta es que no hay niños. Donde siempre retumbó el ruido de la sangre joven, hoy hay un incómodo silencio que acrecienta la sensación de frío que ya se ha metido en los huesos. Nos acercamos sigilosamente y en una vieja placa descolorida por el paso de los años se puede leer que nos servirá como ejemplo la escuela de la aldea de Nebelitza.
Un candado cuelga del centro de la puerta. En el estrecho zaguán, a la derecha, una bicicleta a la que le han ido remendando todas sus partes y de frente, un aula cerrada. La gripe, o mejor dicho la amenaza de una gripe masiva, obliga al centro educativo a presentarse con un halo fantasmagórico. Al fondo del pasillo encontramos la mirada clavada de una señora de unos setenta años que busca respuestas. Nos identificamos y nos abre las puertas. Lo primero que reclama nuestra atención no es la decoración. El suelo de la clase está en pendiente. Difícil precisar la inclinación pero recuerda a las aulas magnas de las universidades, aunque sin púlpitos ni tarimas. Las ventanas originales se han ido carcomiendo y en una de las fachadas lucen algunos plásticos que intentan que no se fugue el calor de la calefacción.
Las mesas empleadas viven en esta escuela una segunda juventud. Las tomas de corriente descubren que antes fueron superficies de trabajo en alguna fábrica pero con los retoques necesarios se han convertido en pupitres. Si no fuera porque el encerado está tan usado que ya casi no se puede escribir encima, podría llegar a pasar desapercibido.
A la señora del principio, nuestra guía, se han ido uniendo algunas más de su quinta. Señoras muy mayores que resultan ser el claustro del profesorado. La perplejidad de nuestras caras revela que no entendemos cómo ellas están al frente de la educación del ucraniano medio del mañana, sobre todo cuando nos certifican que ya están jubiladas. “Lo hacemos por los niños, porque si no damos clase nosotras, no las dará nadie”. Espeluznante, porque el día que ellas no puedan (no tan lejano), todas las miradas se posarán sobre los padres para ver si alguno de ellos se atreve con la responsabilidad de formar a los estudiantes en la materia de la vida.
Seguimos con el recorrido y paseamos por las clases desiertas. Imaginamos a niños de diferentes edades recibiendo las nociones más básicas. El “salón de usos múltiples” y el gimnasio están instalados en el patio, al aire libre, rodeado de casas abandonadas donde lo único que se mueve es el frío viento que azota con ira las tejas.
Preguntamos por el cuarto de baño que no habíamos visto aún y nos señalan que a lo lejos, en la caseta del fondo, lo podremos encontrar. Para llegar hasta él hay que rodear el colegio, cruzar un camino y abrir una puerta. Cien pasos de adulto contados uno a uno para llegar a dos pequeños zulos. Uno de ellos con un agujero, el contiguo tiene dos. La sorpresa inicial nos remonta a siglos atrás. La imaginación recrea mentalmente escenas cotidianas donde la intimidad hace tiempo que no tiene cabida. Pero de pronto nos avisan. Ese mísero lugar ha pasado de ser nauseabundo a convertirse en un auténtico lujo en décimas de segundo. Y es que en la parte trasera de esta endeble construcción se erige la parte reservada a los alumnos. Si los profesores tenían uno y dos agujeros donde encontrar desahogo, los niños y las niñas escolarizados se tienen que contentar con media docena de hoyos excavados en el suelo en una habitación común. Desconocemos todavía lo profundo de la cavidad pero seguimos echando en falta la existencia de agua y de cisterna.La cara y la cruz de la vida
Fotografías: Óscar Dacosta
Roi Palmás/Kiev
Tamara Luva tiene dos hijos. Vive en una zona donde no llegan los ecos de los grandes coches que transitan las principales avenidas de Kiev. Los problemas que ocupan su cabeza se centran en dar estabilidad a su atípica familia. Junto a ella y a su prole, viven tres pequeños más. Realmente no es su tía carnal, aunque ahora mismo tiene los galones suficientes como para considerarse la madre de todos ellos.
Los padres biológicos de los niños murieron hace años. Vivían todos juntos en otra ciudad y la muerte destrozó literalmente su tranquilidad y sus vidas como quien agita un pelele sin compasión. En casos similares el perfil de estos menores les condenaría a buscarse la vida en la calle a temperaturas bajo cero o a acceder, en el mejor de los casos, a un orfanato. Pero Misha, Alejandro, Vladimir, Igor y Elena son ahora una familia feliz, a pesar de todas las adversidades.
El mayor tiene 18 años y el más pequeño, la mitad. La habitación es amplia, equipada con literas, no hace frío y lo cierto es que se les ve creciendo sanos y fuertes. Lo que ocurre es que las cosas no han sido siempre así. Cuando llegaron no había nada. Los niños estaban literalmente traumatizados con la desaparición de sus padres. Su vida se agitaba y no había lugar a demasiadas explicaciones. Uno de ellos tiene distrofia y coger el ritmo del resto de compañeros en clase fue, cuando menos, complicado para todos.
Sus mayores necesidades se han centrado desde que son una unidad familiar en ir acondicionando una casa vieja que en el patio exterior cuenta con dos pequeñas construcciones similares. La más cercana al hogar es un granero para almacenar reservas de comida. La otra, situada en la otra punta de la propiedad, es el cuarto de baño. La única diferencia entre ambas es un pequeño hueco abierto de ventilación en la pared. “Todos los gastos se nos van en los arreglos de la vivienda y no queda nada para comprar ropa y calzado”. El duro y famoso invierno ucraniano está a punto de llegar y se avecinan meses complicados. Aún así, hasta Nora, la peluda mascota que juguetea con ellos en la habitación, ha asimilado el lema que la matriarca ha inculcado a este hogar. “Estamos todos vivos, tenemos salud y por eso damos gracias a Dios”.
A pocos kilómetros de este hogar que crece hay otra realidad bien distinta. Hasta 14 personas conviven repartidas en 3 habitaciones. Los malabarismos aritméticos para encontrar una combinación lógica son inútiles, sobre todo, cuando hay una embarazada en la familia. Pronto serán una quincena de bocas que alimentar. La entrada de la humilde casa hace las funciones de despensa y trastero. No hay agua caliente y el único cuarto de baño de la casa nunca es suficiente. A la hora de pedir que prioricen sus necesidades –algo realmente complicado– se ruborizan y dicen que lo más urgente serían literas y una mesa para que los niños puedan hacer sus deberes. Lo de renovar el sofá que ha dado cobijo durante cientos de noches a los inquilinos de la casa queda para una mejor ocasión y con él, las necesidades de los adultos. “Lo primero siempre son los niños…”
miércoles, 18 de noviembre de 2009
El pánico a la pandemia gripal, elevado a la enésima potencia

Fotografías: Óscar Dacosta
Roi Palmás/Kiev
Todo lo que se ha hablado, escrito y oído sobre el virus de la gripe N1-H1 (la conocida como Gripe A) en España es algo irrisorio con lo que acontece en el día a día de Ucrania en relación a este asunto. El país está literalmente tomado por las medidas de seguridad -que a veces parecen extremas- para combatir este problema que no se ve pero que se palpa en el ambiente, aunque no haya mutado al estado de plaga. Mientras en el contexto español se están viviendo los primeros compases de una vacunación preventiva en bloque, la ciudadanía ucraniana pasa sus días pendiente de extremar las condiciones de higiene y limpieza para no dejar paso a posibles contagios. A tal punto ha llegado la situación que el Gobierno central ha ordenado el cierre de todas las escuelas por espacio de tres semanas. Ese plazo finaliza dentro de unos días y mientras tanto, los más pequeños han visto interrumpida de la noche a la mañana su formación académica, aunque lo que más preocupa es que nadie puede asegurar que este plazo no se prolongue durante tres semanas más, en principio.
Así, con las aulas vacías y con la práctica totalidad del sector servicios que trabaja de cara al público obligado a portar mascarillas protectoras, se levanta y se acuesta el país. Por la televisión se ven imágenes de extranjeros y nativos que las portan. En las iglesias, en el metro, en los supermercados o en los aviones, se puede ver esa imagen ya normalizada aunque sin duda fuera de lo normal si se analizan detenidamente los indicios y los casos reales de la enfermedad. Sin embargo, basta con hacer una rápida encuesta entre la población de a pie para confirmar que este problema de la gripe A, y lógicamente, el miedo que se ha instalado desde el poder a un contagio masivo, no preocupa como podría parecer a la mayoría de los ucranianos. De hecho, los habitantes acostumbran a entender todo este proceso como algo inducido por los grandes actores económicos (véase empresas farmacéuticas o intermediaros que venden no sólo medicamentos, sino productos que convencionalmente ayudan a minimizar los síntomas de estos procesos como el limón, los ajos o la miel, que han multiplicado su precio varias veces desde que estalló el pánico y que junto con las propias mascarillas se han convertido en bienes de primerísima necesidad).Y sobre todo, este panorama sobrevuela una única idea con dos vertientes: que en 2010 se convocarán elecciones generales y que la clase política parece ser la más preocupada por combatir este virus, tanto de puertas para adentro del país, como de cara al exterior, a quien se le está transmitiendo una imagen de concienciación social que precisamente en el corazón de la ciudad sigue sin cuajar tan profundamente como desearían los mandatarios.
