miércoles, 25 de noviembre de 2009

EL CANAL ESTATAL INTER ENTREVISTA A AGARESO


Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Chernóbil

FOTONOTICIA

Durante la visita informativa que los reporteros de Agareso han realizado a las instalaciones de Chernóbil, el canal Inter, el más importante de Ucrania y de titularidad pública, se ha interesado por el proyecto que están desarrollando en este país junto a la Asociación Solidaridad San Roque de Leirado, consistente en el reparto de Ayuda Humanitaria entre los más necesitados. El canal Inter entrevistó a los miembros de las dos asociaciones para la realización de un reportaje que será emitido en los próximos días en Ucrania.

CANAL 0,7 - TV: 'Chernobil'

martes, 24 de noviembre de 2009

ΑΓΑΡEСО B ЧEРНОБЫЛE (AGARESO EN CHERNÓBIL) I



Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Chernóbil

Chernóbil no es ese profundo agujero rodeado de campos arrasados por una explosión nuclear que todos nos hemos imaginado alguna vez. De hecho, lo sorprendente es que no tiene nada que ver con eso porque es todavía más sobrecogedor. Quizás, si todo lo que se pudiese ver fuese la profundidad de una cavidad horadada en el suelo, la historia no sería como realmente fue:

A las 01:24 horas de la madrugada del 26 de abril de 1986 se declaró un incendio en el reactor número 4 de la central nuclear de Pripet, la ciudad modelo construida a los pies del imponente complejo generador de energía. Hoy en día, 23 años y medio después, sigue sin haber una versión oficial de lo que realmente ocurrió aquella noche y que definitivamente cambió el curso de la Historia y de la historia de muchas gentes. En aquella velada algo salió caprichosamente mal. La cubeta que debería haber girado correctamente para poner a salvo el material radioactivo se quedó a medio camino de completar el protocolo. Se supone que fue debido a un fallo en el mantenimiento y por ello los máximos responsables de la central fueron condenados a diez años de prisión, aunque no cumplieron la pena íntegramente.

Aquella noche los bomberos fueron los primeros en acceder al recinto. Su única protección fueron unas mascarillas que tapaban como podían las vías respiratorias, pero que les exponían sin remedio a la mayor radiación directa que posiblemente un ser humano haya podido experimentar. Un enorme monumento rinde tributo a estos héroes fallecidos bajo el lema “Dedicado a los que salvaron el mundo”.

A partir de ahí comenzó el caos. Todas las decisiones se tomaban desde Moscú. Un funcionario decidió establecer un perímetro de seguridad de 30 kilómetros a la redonda. Las carreteras que conectaban Pripet y Chernóbil con Kiev y otras poblaciones han quedado cortadas por el Gobierno desde entonces y salvo los que posean un permiso especial, el resto está obligado a dar un rodeo para poder visitar la zona.

En las jornadas siguientes a la catástrofe todo fueron informaciones erróneas y contradictorias. Desde el poder se intentaba poner calma entre la ciudadanía para que la opinión pública no diese la voz de alarma. Los dirigentes decían abiertamente que no había peligro real para la salud pero se apresuraban a exiliar a sus familiares a zonas alejadas. Cuando no hubo más remedio que reconocer públicamente la magnitud del siniestro, se procedió a la evacuación en bloque. Unas 200.000 personas de 94 poblaciones diferentes tuvieron que dejar toda su vida atrás de la noche a la mañana. Los edificios quedaron vacíos, las calles desiertas y todos los enseres tal y como habían sido utilizados por última vez.



El Gobierno recolocó a esta marabunta por toda la URSS, pero meses después, dos millares de vecinos de Chernóbil y las aldeas cercanas decidieron regresar por su cuenta y riesgo. Se negaban a vivir en la estepa cuando se habían acostumbrado a sus campos y sus animales. La radiación y sus peligros pareció ser lo de menos para ellos. Algunas aldeas estuvieron habitadas durante años por cinco o seis vecinos. Alguna, incluso, por un solo habitante.

A pesar de que está prohibido vivir en Chernóbil, el poder hace la vista gorda, especialmente el Ministerio de Situaciones Extremas, que es la máxima autoridad en la zona, aunque realmente les tiene completamente olvidados a su suerte. Una vez al mes un funcionario les lleva el correo y las pensiones que cobran. Cuando el tiempo lo permite (y en invierno nunca lo permite), un camión les vende víveres y bienes de primera necesidad y una vez al mes un autobús les permite acercarse a otros pueblos para ir al mercado. Así viven los que son conocidos como “los últimos mohicanos”.

Sensaciones
Viajar al epicentro del desastre supone un reto. De camino, una fría e incómoda bruma nos acompaña insistentemente. El camino es más tortuoso que largo. Apenas nos cruzamos con coches en dirección contraria y de pronto, descubrimos la barrera que indica que estamos a 30 kilómetros de distancia. El famoso perímetro de seguridad.

Como todo es nuevo, aunque realmente lleva años anquilosado, abrimos bien los ojos y sobre todo la mente. El final del otoño ayuda a que las imágenes sean más inhóspitas y más crudas. Árboles desnudos que forman auténticas selvas. Casas semiderruidas unas y muy deterioradas las demás. Extensiones de campos yermos y un ambiente plomizo, tanto en el suelo como en el aire.

De camino al reactor número 4 nos enseñan el cementerio de barcos, sobre el río. Toneladas de metal escorado flotando a duras penas para no hundirse del todo. A lo lejos, más barcos, y en el ambiente, sentimientos de pena y curiosidad por seguir averiguando detalles, a partes iguales.



Nos plantamos ante el famoso reactor. Un sarcófago de hormigón recubre como puede ese kilómetro cero que tantas vidas ha arruinado. Por fuera no impresiona tanto como debiera por su importancia pero nuestra osadía por estar más y más cerca pronto es reprendida por los guardias que vigilan los alrededores.
Nos vamos, lo dejamos atrás. Nos impiden filmar y fotografiar el resto de la central que todavía funciona y nos trasladan a Pripet.

Las calles están vacías. Los edificios tienen las puertas abiertas. Todo ha sido contaminado aunque ahora mismo no hay peligro real. Algunas fachadas están caídas y se puede ver el interior de las casas y los restaurantes sin necesidad de subir las escaleras. Cuando nos damos cuenta, lo único que se escucha es el ruido de cristales rompiéndose bajo nuestras botas. No hay gente, no hay animales, no queda ningún coche y nada funciona. Las goteras que poco a poco van inundando el bajo de la casa de la cultura pasan desapercibidas entre tanto desastre. Nos cuentan que hubo quien quiso (y logró) saquear todo aquello poco después del desastre. Ahora está prohibido tocar y mucho menos quedarse con algún recuerdo.

La sensación que tenemos es que el tiempo se ha detenido y que las manecillas de todo este gran reloj se han oxidado de no caminar. La noria ha quedado en la misma posición que tras su última vuelta. No hay nada. Solo unas bayas de color negro y otras de una atractiva tonalidad roja han querido demostrar que hay vida después de Chernóbil.


Para asimilarlo por completo hace falta tiempo. Los que han conocido Pripet antes de la contaminación masiva, probablemente necesiten algunos años más porque el pasado nada tiene que ver con lo que hoy en día sobrevive a duras penas en los alrededores.

ΑΓΑΡEСО B ЧEРНОБЫЛE (AGARESO EN CHERNÓBIL) II

Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Chernóbil


Todo lo que rodea a Chernóbil está plagado de mitos y leyendas. Para empezar, contaremos que el guía que nos ha acompañado en la visita asegura que “si se acude en verano se le pueden echar migas de pan a los peces del río y hay algunos de más de dos metros de largo…” “¿Por la contaminación?”, dice. “No, es que está prohibido pescar aquí desde el 86” y se ríe…

Bromas al margen, es interesante observar cómo el inseparable medidor de radioactividad que siempre le acompaña varía sus registros a cada paso. El lugar más “sano” dentro del perímetro es la iglesia, la única que todavía funciona de las 16 que existían en los alrededores. En la base, el nivel de contaminación es 19, “igual que puede haber en el centro de Kiev”, nos dice. Durante la visita, en algunos momentos consultamos este particular oráculo. La oscilación entre las diferentes zonas es espectacular. Lo más peligroso, lo que no nos recomiendan, es pisar la vegetación del suelo. El consejo lo tomamos al pie de la letra cuando vemos que la pantalla refleja un nivel de más de 1.400 y más cuando nos avisan de que hay zonas en las que deben apagar estos medidores porque el índice es tan elevado que no lo soportan.



Nos interesamos por las enfermedades y problemas que ha acarreado este siniestro y nos dicen que el cáncer es la principal afectación. Sin embargo, tampoco en esto hay estadísticas. De hecho, hace once años nacía una niña en la zona. Los médicos vieron en ella el caso perfecto para estudiar los efectos de Chernóbil años después del desastre y no encontraron indicio alguno de estar contaminada. ¿Victoria? Puede ser, pero nadie se atreve a asegurar que sus hijos o incluso sus nietos no vayan a cargar en sus genes con la maldita herencia de aquella noche fatídica en la que todo cambió.

Es más, el 80% de los niños que nacen en este contexto lo hacen padeciendo cáncer y los 3.000 operarios que trabajan en labores de reconstrucción del sarcófago del reactor número 4 saben que la recta final de su vida está ya trazada.

Algunos datos de interés a tener en cuenta sobre todo este asunto es que el territorio contaminado se cifra en 2.600 kilómetros cuadrados, lo que equivale a toda la extensión de Luxemburgo; que alrededor de 10.000 coches y camiones de los que estaban aparcados o de los que fueron utilizados en los primeros momentos tras este particular cataclismo han tenido que ser desinfectados y enterrados en grandes cementerios no humanos; que el 80% de la contaminación que viaja hasta Kiev desde esta zona lo hace mediante el río Pripet, aunque también es cierto que se han detectado los efectos en latitudes tan alejadas como Noruega; que Chernóbil va a celebrar en breve su primer 1.000 cumpleaños y que su significado semántico se podría traducir por “hierba muy amarga”…



Los reactores números 5 y 6, que se estaban construyendo en el momento del desastre, se han quedado parados en aquel mismo estado. El tiempo de exposición de los trabajadores del complejo no puede ser prolongado. Así, los turnos son de lunes a jueves o bien durante 15 días para descansar otros 15 seguidos.

Hemos aprendido también que en Chernóbil no pueden vivir los menores de 18 años, por eso no hay guarderías, ni colegios ni parques. No hay hospital, solo ambulatorio. No hay juzgados ni cines pero si hay 2 hoteles. Y es que en lo que llevamos de 2009 han pasado a visitar este complejo unas 9.000 personas.

Además, nos ha sorprendido de manera especial el hecho de que la comunidad científica aconseje plantar árboles masivamente para reducir el impacto de la radiación, sobre todo ahora que se ha detectado la presencia de animales, preferentemente aves. que nunca antes habían vivido en estas zonas y que tras el desastre se han sentido atraídas por los alrededores. Tanto es así, que existe un proyecto de conformar un gran parque natural en pleno corazón de la zona contaminada más conocida en el mundo.



Para concluir este acercamiento diremos que la empresa Eco-Center toma muestras del aire, la tierra y el agua cada cuarto de hora y que actualmente se trabaja en la construcción de un nuevo sarcófago, de mayor envergadura que el existente, que permita de una vez por todas tratar y salvaguardar el exterior del reactor dañado del efecto de las 200 toneladas de material radioactivo que permanecen en el interior.

Aún se está a tiempo de aminorar los efectos y de comenzar de nuevo. No para todos porque cada una de las señales amarillas que hemos visto por el camino corresponden a aldeas que han sido sepultadas por el hombre bajo miles de toneladas de tierra y escombros, como la aldea de Kopachi, de la que sabemos el nombre por un viejo cartel que cuelga todavía a pie de la carretera.

A unos 150 kilómetros de distancia del centro de Kiev se sitúa Chernóbil en dirección Norte y a unos escasos 10 kilómetros de Bielorrusia. Ahí, precisamente ahí, es donde hace ahora casi 24 años ocurrió lo que nunca tendría que haber ocurrido. Como reflexión final dejamos un dato en el aire: De entre todos los elementos químicos con los que se trabaja en Chernóbil hay tres que por su índice de contaminación están considerados como los más peligrosos para el ser humano: el Cesio, el Estroncio y el Plutonio. El Cesio y el Estroncio tardan unos 28 años en desaparecer del organismo. El Plutonio, tarda un poco más… unos 7.000 años.

lunes, 23 de noviembre de 2009

CANLE 0,7 - TV: 'El sistema hospitalario en Ucrania'



Roi Palmás/Oscar Dacosta, Kiev (Ucrania).- El sistema sanitario en Ucrania presenta un estado critico, la falta de material en los hospitales obliga a los medicos a convertirse en autenticos heroes para seguir salvando vidas.

El sistema hospitalario, en la UVI



Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Kiev

Los centros hospitalarios en Ucrania no son como los que están en nuestra imaginación colectiva. De hecho son pocas las coincidencias que los unen. La expedición de Agareso se ha adentrado en varios de estos centros y la conclusión general es que el estado es crítico, de urgencia, casi de coma profundo, y que sobre todo le resta mucho tiempo de estar en la UVI.

Hablando con los máximos responsables de cada planta y de cada hospital, todos lanzan el mismo mensaje: Hace falta de todo, y a la vista de los testimonios, puede ser que se queden cortos.

La primera imagen que nos marcó, la vimos pocos minutos después de llegar a Kagarlic. Nos habían dicho que íbamos al Hospital Central. La nomenclatura, lejos de inspirar confianza, evidencia los problemas de la zona y sobre todo el terrorífico estado en el que se encuentran otros centros de menor rango y recursos. Nada más saludar a los responsables y acceder al interior del edificio, una anciana debidamente uniformada con bata blanca y mascarilla, echa a una paciente que intentaba entrar a la planta. A nosotros nos deja pasar y en cuestión de segundos nos vemos dentro de un pequeño habitáculo donde todo el mundo nos observa. Hay una vieja y oxidada bañera, que adquiere enorme relevancia cuando nos enteramos de que es todo el sistema de desinfección con el que cuenta el complejo para admitir a los pacientes que ingresan por urgencias. Una señora de avanzada edad está postrada en una camilla, en posición de incómodo escorzo, pero ya ni se queja. Seguimos adelante. Nos vamos a una planta donde el listado de humedades, material defectuoso y precariedad en general nos abruma. Basta con calibrar el grosor de los colchones, que a simple vista son ínfimos, para percatarse de que solo hay espuma en algunos de ellos. Los más, plagados de moho y manchas de antiguas humedades. El resto de las camas únicamente poseen una manta doblada sobre el frío metal del somier, y nos cuentan que hay casos mucho peores.

Nuestra escala de valores en este momento ya había dado un vuelco, pero seguimos avanzando. Ninguna habitación tiene baño interior. De hecho, ninguna habitación tiene agua corriente. La decoración en las paredes parece es menester o de otros tiempos o de otras sociedades y el frío reinante (a mediodía, cuando se supone que el termómetro es más benigno) asusta.

Sobre las mesitas adyacentes a las camas vemos enseres personales de los pacientes. Eso parece que nunca cambia. Sin embargo, hay una diferencia importante. Los medicamentos, pastillas y gasas, no las suministra el centro, las tiene que aportar el propio enfermo, si es que puede. El Estado se hace cargo del sueldo del personal del hospital y de las operaciones. El “pre” y el “post” operatorio, ya es otra cosa.


Si hay que poner una cifra para hacerse una idea de lo que cuesta este obligatorio internamiento, diremos que una simple apendicitis se cotiza a 1.000 grivnas (unos 100 euros), aunque el cirujano que lo extirpe cobre poco más de la mitad. Por si el shock del dato fuese poco, aquí hay que pagar por adelantado… ya se sabe que pájaro en mano es mejor que paciente insolvente curado.

Avanzamos por el pasillo, subimos y acabamos en la planta de infantil. La puerta de acceso es mucho más que una barrera separadora. Comienza un mundo diametralmente diferente a lo visto hasta el momento. Nos entra complejo de Peter Pan porque aquí, lo de dejar de ser niño y cambiar de planta tiene que ser muy duro. Todos los recursos se dejan para esta parte. Las donaciones de material y las subvenciones económicas, cuando las hay, se concentran en este apartado. El cuidado a los niños es máximo y eso reconforta, aunque evidencia que es como poner una simple tirita en un miembro amputado. El problema es estructural, hay que cambiarlo por completo.

Cambiamos de centro y el mismo cantar. De nuevo certificamos que las paredes decoradas con dibujos y las salas de juego simbolizan un oasis en mitad del desierto. Preguntamos las principales razones de ingreso de menores y nos responden diciendo que sería vital contar con inhaladores porque el asma y las infecciones respiratorias masacran a los más pequeños.

Y llegamos a ginecología. Con el estómago empequeñecido por las realidades sociales que estamos presenciando, nos cuentan que la camilla que vemos ha sido testigo directo de miles de alumbramientos. Encima no hay luz. Hay lámpara pero no hay tubo y teniendo en cuenta que anochece en esta época sobre las cuatro de la tarde, no nos resistimos a preguntar cómo se las ingenian para asistir en el parto en plena penumbra. No es el primero ni el último caso en el que hay que armarse de lámparas y linternas para dar a luz… qué ironía!.

El tema de la desinfección y la reutilización de material “aséptico” ya es otro capítulo. Unas viejas tarteras al lado de una pileta suponen todas las garantías de que los bisturís y el resto del material empleado en quirófano está libre de virus y gérmenes. Lo cierto es que la resignación del cuerpo médico asusta casi más que verse en la tesitura de someterse a una intervención en estas condiciones.


En términos generales, lo de “hospital central” no tiene realmente nada que ver con alguna serie de ficción española que pudiera dar lugar a equívocos. En lo que sí coinciden absolutamente todas las partes encuestadas –a la que nos unimos- es que en Ucrania, actualmente, los médicos son genios vestidos de bata blanca que se empeñan en hacer milagros diarios en unas condiciones que muchos de los considerados como mejores especialistas en Medicina del planeta echarían a correr. Vaya desde aquí nuestro más sincero reconocimiento y un llamamiento para que las cosas no se perpetúen durante mucho tiempo más, para que de una vez por todas, el sistema sanitario del país salga de una UVI, que por cierto, parece que nadie vigila.

Antonia: “Las adopciones son como una subasta, a ver quien da más para llevarselos antes”



Fotografías: Óscar Dacosta

Roi Palmás/Kiev

Encontrar en Kiev una voz tan autorizada como la de Antonia no es tan habitual. Lo cierto es que parece un auténtico lujo oír de voz de alguien que lleva trabajando toda la vida en esto un diagnóstico social como el que ella misma nos ha brindado.

Antonia es de Zamora y es monja, dominica concretamente. Una gran parte de su vida la ha pasado en el corazón del África negra, en la República del Congo. Recuerda que le ha tocado vivir momentos buenos y otros muy delicados. Poco antes de cumplir 25 años de estancia en aquel territorio, su vida cambió, y con ella, el lugar y los destinatarios de sus acciones. “Dejar el Congo me salvó la vida porque si no salgo de allí, no lo hubiera contado”, asegura la hermana, cuando nos cuenta que tiene la malaria crónica como unos de los recuerdos de aquella etapa.

Antonia cambió el calor africano por el frío ucraniano. Su relato parece el de una gran exploradora o aventurera y lo cierto es que el espíritu lo sigue teniendo como el de una pletórica misionera a la que pocas cosas se le ponen por delante. En Kiev, donde ahora reside, ha fundado lo que llaman “la casa de los niños”. Asegura que su misión es “evangelizar y enseñar” aunque puntualiza que “nunca le preguntamos a ningún niño de qué religión es”.

Su testimonio, en efecto, sirve para conocer el estado actual del país. Cuando empezó a levantar lo que hoy en día es un centro multidisciplinar a donde acuden mayores y niños varias veces por semana para aprender español, entre otras actividades, los precios existentes estaban realmente muy asequibles. Sin embargo, fecha en 2005 el “boom inmobiliario” ucraniano. Asegura que “en muy poco tiempo los materiales de construcción subieron sus precios un 100%” y certifica que ir a la compra ahora ya no es lo que era.

Le preguntamos cómo está la juventud en el país y sobre todo, cómo viven los más pequeños. La respuesta es que “el Estado tiene a los niños muy controlados. Hay centros de acogida, centros de emergencia, orfanatos… está bien organizado e incluso la policía sabe de dónde es cada niño, aunque nos pueda parecer que no”. No obstante, también reconoce que “hay muchos que no quieren ir a estos centros. En sus familias suelen ser maltratados y huyen”.

Uno de los grandes problemas es el de la droga, en su sentido más amplio. Además del alcohol, que supone el porcentaje más elevado y más peligroso de los casos, otro tipo de sustancias están al alcance de estos príncipes de las calles. “Ucrania es distribuidor de todo” y cuando dice “todo”, es todo. A tal punto llega la crueldad de estas adicciones tempranas que lo resume advirtiendo que “muchos jóvenes nacen, crecen, se reproducen, beben y mueren”, como cierto anuncio famoso de hace años.

Para Antonia, en Ucrania “hay gente que tiene mucha fachada” aunque resalta que “la pobreza aquí es mucho más denigrante que en África, donde realmente no hay nada, pero te miran con una sonrisa”. Aquí se ponen las caretas de las grandes marcas aunque cuando se desnudan, quedan realmente en cueros.

El otro gran punto de interés de nuestra conversación es el de las adopciones. Lo describe como “algo terrible” por la “corrupción” que suele envolver estos procesos. Nos cuenta que vienen muchos europeos a buscar a niños de este país y que “realmente se ponen muchísimas trabas”. Finalmente se zanja el asunto con una afirmación categórica: “Las adopciones son como una subasta, a ver quién da más para llevárselo antes”.